lunes, 2 de septiembre de 2019

Un par de parientes de Aira





Jonathan Swift; o más bien Gulliver. El gato de Chesire; o más bien su sonrisa en la noche, sin gato alrededor.
Estos dos ejemplos de experimentos narrativos tienen algo en común entre sí y con algunos tópicos de Aira: la desmesura como estrategia a través de la que se pervierten los parámetros elementales de ordenamiento y de percepción de la realidad (ya sabemos: las cosas o los seres se achican o se agigantan, la parte se autonomiza, la parte incluye al todo, etc). Sin embargo, -y este es otro alelo del gen compartido- antes de la sorpresa, en en caso de los clásicos parientes, la ficción narrativa se encaminó del terreno de la supuesta “realidad” a otro, cuya lógica difiere de la de aquella y la pone en cuestión.
Aira, por lo general, elude este tránsito, y la desmesura ocurre –diríamos- en el dominio de esta "realidad". Con ello, sube la apuesta: mientras que Swift y Carroll se mantienen dentro de los límites de lo “insólito” que admite el doble registro de lo “traducible” a otros términos (como toda buena alegoría) Aira escribe para un lector que ya asumió que la literatura es literatura y no tiene por qué imitar la realidad. La literatura de Aira imita la literatura.

martes, 27 de agosto de 2019

Sal y diablo





Se propone describir una botella sobre la mesa y entonces, del pensamiento al acto, en menos de lo que se tarda en buscar papel y lápiz, se abren como surcos los caminos futuros: que no sólo había atendido a la botella, sino también a la mesa en donde está, es decir, a dos cosas que convocan con sus particularidades todo un entorno como una prolongación sin ripios de aquella primera imagen: vgr. botella de gaseosa sobre mantel floreado rige cocina con cierto desorden de vajilla, migas dispersas y un poco de sal derramada; en cambio, botella de vino fino conduce a otra mesa o contrasta con la primera a la manera de situación al menos no común. Se le ocurren varias combinaciones más, que dan otros tantos climas, con sus personajes, sus horas de la tarde o del día, sus incipientes historias de vida. Advierte entonces, no sin alegría, que puede inventar toda una realidad a partir de aquel pequeño incidente, y ya se encamina en dicha dirección cuando una imagen, oculta pero persistente en la memoria aflora y viene a turbar el comienzo efectivo del relato: desde la ventana de un primer piso, en su casa, una vez veló hasta la llegada del día. Se filtraban los primeros colores del alba. Era uno de esos cielos límpidos que siguen a una gran tormenta. Las nubes gruesas y rojas parecían abalanzarse sobre las terrazas y las antenas de T.V.
La sensación de ahogo la invade ahora y piensa –quién sabe por qué- en la muerte.
De allí que se le revele otra posibilidad en el preciso instante en que, útiles en mano, se ha sentado a escribir: fijar el instante, aquél, el primero, aunque no fuera una cumbre de placer ni de angustia ni de sentimiento del absurdo. Escribir sobre un estar laxo y llano frente a la botella, sin ganas de sentir, sin nada que decir.
Sin embargo, ahora ya no puede negar haber entrevisto una última, definitiva y letal posibilidad que se dilata en la voraz pregunta sobre el sentido de hacerlo, el para qué o más propiamente el para quién.
Entre tanto ha pasado el tiempo. El momento ha pasado para siempre y para el olvido. Siente que la respuesta a su pregunta es un para nadie y en ese vacío caen el instante y la muerte, el impulso y la negación inmediata del impulso. Ha caído en la trampa... o tal vez, no –se rectifica- tal vez en ella estaba cuando vio sobre la mesa la botella. Muy cansada se levanta y, al hacerlo, advierte la sal que también estaba volcada sobre la mesa. Perturbada por la desgracia inminente que anuncia el hecho, se apresura a tomar dos pizcas con sendas manos y arrojarlas por atrás de los hombros a los ojos del propio diablo, que estaba espiando.

miércoles, 24 de julio de 2019

Bien mirado






           Me estoy haciendo amiga
           del joven tilo, bajo
           el que paso las horas
           de la tarde leyendo,
           porque recién hoy vi
           la forma de sus hojas
           casi como si fuera
           por primera vez; nítido
           su perfil, y su verde
           sobrio a la distancia justa.
           Y me dio como culpa,
           un algo de tristeza
           por haberlo negado
           tanto tiempo (el tilo,
           se sabe, crece lento)
           Así nos pasa a veces,
           pensé. No amamos lo que
           no se muestra y entonces
           es tan poco lo que vemos.

viernes, 7 de junio de 2019

Murmullos en el cuarto






La tormenta siempre viene desde el sur,
pero en esta habitación el aire viene
de un ventilador de techo. Así y todo,
huelo o me imagino el olor de la tierra
húmeda. Todavía la memoria
del sonido de las primeras ráfagas
cuando peinan las ramas los árboles,
la menta de la frescura. Alguien dice
en la penumbra de la pieza que pronto
cederá el calor, que se ve amenazante
el horizonte y yo recuerdo el derrotero
en círculos de las nubes, tan ajenas
a nuestras metáforas ingenuas. Qué
no daría por que me mojara el agua.

martes, 26 de marzo de 2019

Cuerpos






Le falta a estos poemas
que descienda a su espíritu
un cuerpo que, en cierta
tarde y hora, se encorve
como un signo pasmado
ante la oscuridad
de esa ínfima parte
que llegó a comprender.
Veríamos entonces
ni letras ni palabras
sino una figura
al fondo de una casa,
contra un muro que bien
podría serlo todo,
sentada sola, muda,
acariciando sus rodillas.

miércoles, 23 de enero de 2019

Después de la lluvia en Enero





Después de la lluvia en Enero,
rastreo hasta la casa del vecino
el camino de hormigas negras.

Algunas -muchas- llevan restos
verdes de mi albahaca, y rojos -
¡Ah, malditas!- de mi geranio hiedra.

Sol arriba y cielo de estrellas
fijas que por la claridad no veo,
aunque sí adivino la ordenación

de la materia, su ley de tenazas
en esta minúscula e ignorada
parcela veraniega de la tierra.


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Sobre LAS VIDAS DE JOSEPH CONRAD





Entre las páginas 232 y 263 de la biografía de Conrad compuesta por John Stape (The Several Lives of Joseph Conrad, 2007), 11 veces se nos indica que el escritor ha padecido ataques de gota; la rodilla de Jessie, la esposa, empieza a doler, lo cual será todo un tópico insufriblemente presente a partir de este momento. Estamos en el periodo 1915 a 1919. Ya hemos leído entre las páginas 168 y 200 que ocupan el periodo de 1905 a 1909, época en que el escritor publica Lord Jim, Tifón y Nostromo, que fueron 20 los ataques de gota. Desde mucho antes, según se nos informa, Conrad afrontó una y otra vez problemas financieros: conoceremos detalladamente cuándo le escribió a su tío Tadeuz, a Unwin, su editor y a otros amigos solicitándoles préstamos, a pesar de que el “negocio” de escribir es cada vez más rentable (hay prolija información sobre los pagos recibidos por sus entregas, con la correspondiente actualización a la fecha de escritura de la biografía). A la suma de este tipo de desdichas hay que agregar la ocasionada por el trauma de Borys su hijo, con sus crisis neurasténicas después de la guerra (la primera). En el medio, la rápida crónica de los viajes realizados, qué tren o barco tomó, dónde se hospedó, cuánto gastó de más, en qué casas vivió, quienes lo visitaron y la renta que pagaba, mientras indefectiblemente lo pasaba mal. En la trama de estos hilos se coloca la información de lo que Conrad iba escribiendo.  Selecciono al azar un párrafo que ilustra la escritura de Stape:


«El “final” [de Lord Jim] fue celebrado con una vacaciones de trabajo de tres semanas con los Hueffer en Bélgica.El grupo se alojó inicialmente en la rue Anglaise, en el centro de Brujas, pero encontraron calurosa la vieja ciudad y pronto la cambiaron por el Grand Hôtel de la Plate, en la cercana costa de Knocke-sur-Mer, después de que Podarowska les comentara las maravillas del lugar. Los dos colaboradores escribieron un poco. El grupo incluía dos niñas pequeñas – Christina de tres años y Catherine de seis meses- y a Borys de dos años y medios, que cayó gravemente enfermo de disentería. Necesitaba cuidados constantes, y el pánico se extendió por todo el hotel. Jessie Conrad recordaba las vacaciones como “una pesadilla”, una experiencia “terrible”, adjetivos reforzados sin duda por el tiempo pasado en compañía de Hueffer. De vuelta en The Pent, Jessie curó a Borys con una dieta a base de “carne cruda, tostadas secas y claras de huevo en agua”, mientras Conrad se centraba en el libro de relatos para Blackwood, aún por completar. Los problemas no le daban tregua y el cansancio y la ansiedad hicieron que Jessie terminara con neuralgia, mientras que Conrad cayó víctima de “un resfriado, tos, hemorroides y una descomposición intestinal”.»  (p.142).

¿Qué se rescata de las vacaciones? Lo mal que lo pasó el grupo por varios motivos. ¿A partir de qué fuentes? Tres para este párrafo: las memorias de Jessie, una carta suya y otra de Conrad. Evidentemente Stape ha buscado y chequeado mucha información. Ahora bien, lo que llama la atención es el énfasis puesto en los problemas de salud (¿Qué relieve tiene el dato de cómo Jessie curó a su hijo?) y la impresión general de incomodidad y disgusto. La colaboración con Hueffer (Ford Madox Ford) se restringe a la frase “los dos colaboradores escribieron un poco” (¡"un poco! ¿Qué poco? ¿De qué fuente a la que uno pueda consultar extrae el dato? Ah, esta parte no tiene nota al pie).



Me pregunto cuándo o con qué fin vamos hacia la biografía del autor. Imagino varias posibilidades: buscamos datos que relacionen vida y obra; su mundo de lecturas y la obra; el ambiente intelectual, las tensiones políticas en las que se ve inmerso, sus dramas familiares, personales, etc. Todo ello suponiendo algún vínculo con la obra. En cualquier caso, la producción creativa que se ha leído constituye el origen de esa curiosidad. Y más todavía: el gusto que nos ha ocasionado o, si se quiere, cuánto nos ha interpelado de una manera u otra. Vamos en busca de una complejidad mayor. A mi modo de ver la biografía de Stape aplana cualquier complejidad. Sus valoraciones estrictamente literarias están atadas a un patrón interpretativo que, aunque no se expone directamente, remacha continuamente en la necesidad del autor de ser reconocido y de conseguir dinero (ambos fines serían solidarios entre sí), de modo tal que, desde esta óptica muchos de sus textos nacerían altamente condicionados por dichos propósitos, con el resultado de cierta mengua de originalidad y de profundidad en las últimas obras narrativas;  de cierta insustancialidad en materia ensayística, y en el caso de la dramaturgia constituirían un fracaso previsible dado el desinterés real que lo lleva a no dominar el estado del arte. Asimismo, la fragilidad de su salud física y mental encontraría explicación sobre todo en esta situación de permanente ahogo y estrés.

Es cierto que el propósito del biógrafo, expresado en el prólogo, es el de desactivar el mito Conrad, calibrar lo que considera exageraciones y desmentir falsedades presentes en otras biografías sobre el autor. Ahora bien, la pesquisa que lleva minuciosamente a cabo no deja de construir -también ella- una imagen del escritor (ya hemos visto cuál). Decidido a evitar lo que llama “puntos de vista” subjetivos, propios de quienes se relacionaron con Conrad, se atiene a datos que en más de una ocasión resultan completamente triviales. Así, Stape no lee, por ejemplo, en las cartas que cita, la ironía, el humor de Conrad. En el párrafo que citamos antes, se advierte en la enumeración de males que ha sufrido a la vuelta de Knocke-sur-Mer (“un resfriado, tos, hemorroides y una descomposición intestinal”) una exageración jocosa. Ese rasgo de su escritura (y acaso carácter) está muy presente en sus cartas. La primera que le manda A Edward Garnett (4 de enero de 1995), el lector-editor de Unwin que será amigo de Conrad a lo largo de toda su vida, dice refiriéndose a la calle en la que vive: “¿Le importaría viajar hasta Gillingham 17 (Victoria)? La región está calma ahora por estos lados y sus habitantes han abandonado, creo hace ya un tiempo, la práctica del canibalismo. Diga día y hora.” En otra, haciendo referencia a la imposibilidad de escribir (también a Garnett, el 29 de marzo de 1988), ofuscado por una crítica adversa en el Times, tomando a broma la situación de padre primerizo y sin poder concentrarse para continuar con la escritura de Salvamento, dice:



“Me pregunto a veces si no estaré embrujado o si no habré sido víctima de un mal de ojo. Pero no existe la “jettatura” en Inglaterra. Le aseguro que hablo sensatamente y le doy mi palabra de honor que a veces toda mi resolución y poder de autocontrol están puestos en abstenerme de romper mi cabeza contra la pared. Quiero aullar y echar espuma por la boca, pero temo despertar al bebé y alarmar a mi mujer…”



Conrad dibuja una escena en la que se ríe un poco de sí mismo de las horas que pasa sin poder escribir. Un cierto pudor envuelve la confidencia bajo la apariencia que propone la expresión hiperbólica, con el anti-climax final en este fragmento. Es extraño que el biógrafo no repare en ello y que de esta carta extraiga el dato de que no se podía levantar “por un brutal acceso de nervios”, lo cual también está dicho, solo que la expresión, fuera del contexto más amplio, sugiere un dramatismo que la misma carta se encarga de atenuar e incluso desviar. Nada se dice tampoco de otros matices muy presentes en sus cartas que es el afecto que manifiesta con sus co-responsales, la cordialidad, las reiteradas invitaciones para encontrarse a conversar, y, sobre todo, el tipo de dificultad que en materia de escritura encuentra Conrad, las referencias a lecturas y opiniones sobre distintos autores y/o situaciones de la vida literaria, todo lo cual es lo que resulta de máximo interés para aproximarnos a la fábrica creativa del novelista.

La biografía no hace honor a su título. Ofrece un aspecto muy limitado de un aspecto de la vida del escritor. Debiera haberse llamado: Sobre la incapacidad de Conrad de administrar su dinerito y los problemas nerviosos derivados. Un buen subtítulo podría ser: Ocasión para una investigación académica au delà de toda simpatía. No se dudará de la “verdad” de los datos que Stape recaba, pero una observación de Cortázar al respecto de Poe podría hacérsele al pulido biógrafo: locos hay muchos, pero ninguno escribió lo que Poe.