miércoles, 12 de julio de 2017

Mario Paoletti



Inesperadamente, por una serie de eventos no calculados  -como sucede con tantas cosas en la vida-, y porque existe internet, encontré algunos jirones de la escritura de Mario Paoletti, fragmentos que aparecían entremezclados con partes de su historia, que es también parte de la historia del país: la épica de triste final de la reconstrucción del diario El Independiente en La Rioja, en aquellos años en que muchos decidieron suspender la incredulidad; el trabajo al lado de su hermano Alipio Paoletti en el periodismo y en el campo de la cultura pensados como “acción”, “compromiso” , “praxis revolucionaria”, (Si pongo entre comillas estas palabras es para que el lector preste atención y no para relativizar su significado sugiriendo un candor estéril por parte de quienes las hicieron suyas); noticias de su amistad con Moyano, Ricardo  Mercado Luna y el grupo Calibar; algunas reseñas de novelas publicadas en España a partir del exilio forzado; en youtube, una parte de “Orejitas perfumadas”, milongas de su autoría inspiradas en Arlt y musicalizada por el Tata Cedrón.
Poco tiempo después de estos fragmentarios resultados de mi exploración, viajé a La Rioja invitada por la Biblioteca Popular Mariano Moreno, y Diego Ocampo Vega, su director, me regaló la Antología personal de Mario Paoletti, en la colección “La ciudad de los naranjos” que la misma Biblioteca edita. El volumen es del 2010.
Como toda antología supervisada por el propio autor, ofrece una imagen de lo que este estima son los mejores frutos de su cosecha. Hay prosa narrativa, poesía y ensayo. En el desempeño de estos géneros lo que resalta es la llaneza del lenguaje que, siendo parte de la generación a la que perteneció -bajo el doble magisterio de Borges y de Arlt, en la fraternidad de escritores como Cortázar, Conti y Walsh-, decanta en lo mejor del testimonio: un ver a través de las vicisitudes personales algo más. No he leído otro autor argentino que haga vívido, como Paoletti en la narrativa, su experiencia de la funesta Dictadura. Medido y agudo, a partir de detalles del cautiverio en Sierra Chica (por ejemplo, cómo lee un preso la carta de un familiar) nos asomamos a ese agujero negro que todavía nos sigue asustando e interpelando. Lo hace sin dramatizar. He aquí la virtud de su escritura: no hace falta agregar ningún contraste de violento claro-oscuro. Dejar que los pequeños hechos se manifiesten le basta para exponer el gris cemento de la época.  La semblanza de Haroldo Conti, sustancia de una conferencia en la Universidad de Murcia en el 2005, muestra ese tipo de escritura que saca fuerza de su propia debilidad: a casi 30 años de su desaparición física, a través de un exiguo puñado de recuerdos de encuentros esporádicos en La Rioja y en Buenos Aires, Paoletti delinea el perfil intelectual y moral de su amigo. Pero quizás la nota que hace único su texto, entre tantos que lo recuerdan y que nos hablan de él, sea el párrafo final: “En la Puerta del Sol, en Madrid, hay un vendedor de baratijas que tiene su misma voz rayada, grave, casi ronca. La primera vez que lo oí, por casualidad, el dolor de su ausencia fue atroz. Ahora, en cambio, cuando debo pasar por allí cerca, me coloco de espaldas al sosías y gozo recuperando el recuerdo sonoro de sus palabras…”. Nuevamente el detalle, la nota al sesgo que con esa sabiduría del instinto afectivo logra hacer vivo lo que ya no está.
Pienso que, indefectiblemente, por más que la escritura construya una identidad que acaso no coincide exactamente con lo que somos (pero, ¿qué somos, al fin de cuentas?), siempre termina delatándonos. Lo que delata la escritura de Paoletti  es el desprecio por la impostura: no lo dice, no lo sugiere (no clama en el desierto), sino que rueda en una especie de equilibrio para el cual se sirve, entre otras cosas, de un lenguaje muy cercano al habla, sin escorzos líricos ni intelectuales. Veraz y seguro.

He leído este libro sin dejar de asombrarme de mi propia ignorancia: qué poco conozco a quienes han escrito en provincias, que como la mía, están “en el interior”. Quizás pueda excusarme parcialmente la escasa atención dispensada por los grandes canales de circulación que revierten todos en el puerto, o la insignificante comunicación e intercambio entre las provincias. Sospecho además otra razón más triste: su escasa divulgación entre nosotros, sus coterráneos, es parte del efecto disolvente del veneno que instiló “el Proceso”, sobre todo en el plano de la creación y el pensamiento. La historia de la literatura está plagada de omisiones injustas. En el caso de Paoletti, se suma (como en el de Di Benedetto), el hecho de haberse radicado en su juventud en una periferia remota. También como a él se lo privó del lugar profesional construido con trabajo y pasión a lo largo del tiempo. En efecto, después de haber puesto junto con su hermano nuevamente en funcionamiento “El Independiente” en La Rioja y, años más tarde, convertirlo en una cooperativa, el gobierno de facto los obligó a ambos, durante su cautiverio, a renunciar a sus respectivas partes. Di Benedetto murió de tristeza. Paoletti se volvió a España y armó otra vida. Este librito exhibe también ese intento de unir las dos mitades. Es, en tal sentido, un registro de la generación que debió exiliarse y que desde el extranjero sigue pensando en argentino. Por eso el apego a un tono coloquial, rioplatense, sin exageraciones, que lo hace tan próximo a nosotros.

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