lunes, 2 de abril de 2018

Figuras de la fàbula






Medusa en la arena


Bailé con todo lo traslúcido
de mi carne y de mis órganos.
Giré, avancé y me dejé
arrastrar hacia la corriente,
allí donde se mezclan aguas
quietas y levemente tibias
con las de fría escama y creo
ser una sola turbulencia;
creo haber sido fiel al trazo
filosófico de mi época
y que nadie sabe mi nombre
y sin embargo -oh el placer
del agua helada- creo.


sábado, 24 de marzo de 2018

Figuras de la fábula




Noreste

Hay veces que viene la lluvia y veces
que está la seca, dijo y una vaca
roja prolongada en la tierra roja
nos veía pasar. Aquí los campos
son grandes, treinta mil hectáreas. Este
de la derecha es del grupo Clarín.
Más adelante queda el del magnate
ambientalista. El gringo ese tiene
como cien mil para cuidar la fauna
autóctona del acuífero al menos.
Si usted le pide, lo lleva a ver osos
hormigueros. La gente acá no caza,
son guardaparques. Mire: allí hay otro
ciervo. ¿Paro para que saque fotos?



martes, 13 de febrero de 2018

Figuras de la fábula II




Bruja de párpados cosidos

Tengo una débil conexión
con este mundo que está fuera:
el calor, el frío, el ruido del viento,
esas cosas extensas, fugitivas…
No sueño con imágenes. No sueño.
A lo sumo un sobresalto, un lapso
de discontinuidad en el espacio
y caigo sin más, sin ningún
don de visión compensatoria,
porque nunca he visto nada.
Soy una figura plana, de párpado
cosido y odio espeso.


domingo, 4 de febrero de 2018

He sentido tantas veces



He sentido tantas veces
el tam tam de tu corazón
-mi oído junto a la noche
de tu pecho, el toque último
por ese atajo del sonido
a bordes  en que se hace húmedo
lo áspero de las cosas antes
de que al fin se desintegren
a tu ritmo-, que así me voy
y así, como una foca, hábil
en sus aguas, también regreso.



lunes, 20 de noviembre de 2017

Figuras de la fábula


El ángel de lo diminuto

El ángel de lo diminuto sueña
en pequeño. Vive en el ojo
de una aguja de coser.

La aguja está en una lata que fue
de galletas. La lata, en un cajón.
El cajón en un mueble de la casa.

Antes de dormirse, en el capullo
de su oscuridad, enciende en la noche
un cigarrillo para ver el hilo

de humo rodar más allá del delgado
óvalo de acero que es su morada
y la ínfima brasa y a sí mismo

como si estuviera al borde del tiempo.

En el otro borde, el mundo y sus cosas
terribles pasan todo el tiempo, deja
a veces niños muertos en la arena.

Cosas que, aun para su eternidad
de ángel son monstruosas y se ciernen
sobre las ciudades caparazones

de los hombres y mujeres a quienes
ha visto deformarse de dolor
de ira, de espanto, de aburrimiento.

A fuerza de impotencia ahora es
un artista contemplativo, que une
lo útil a lo agradable: el humo

y un dolor que piensa pero no siente.




domingo, 12 de noviembre de 2017

Te oí decir



A pocos días del comienzo
del invierno presumimos
que, como siempre pasajero,
la estación quieta de la niebla
se abriría a nuestra habitual
preferencia por lo verde
y sin embargo, no. Me fui
apagando y no sé por qué.

Un silencio de blanca cuando
 veíamos salir la luna
y un vacío de gravedad
justo en la boca del estómago
incluso en las noches más frías.
Esos minutos pueden ser
La vida y sin embargo, no.
Me fui apagando y no sé.




lunes, 4 de septiembre de 2017

Atilio Arocas



Atilio Arocas es un nombre de fantasía para un crítico italiano a quien conocí hace muchos años. En una de sus visitas a Córdoba, invitado por la sede local del Instituto Italiano de Cultura vino a cenar a casa. En ese entonces, mi casa era el producto de una serie de agregados poco planificados, según las necesidades de sus distintos y antiguos dueños. Nosotros, que al comprarla nos quedamos endeudados por un plazo de diez años, siempre en la misma línea de la escasa planificación, no tuvimos resto más que para otro pequeño conjunto de reformas que nos permitieran habitarla con mínima comodidad. Entre ellas, transformamos un quincho en habitación, a donde mudamos los libros y la cama. El quincho tenía un asador; la nueva "habitación", la más espaciosa y linda de la casa, constaba de gran mampara, biblioteca, cama y… asador que cumplió muchas veces las funciones de hogar “en altura”, única fuente de calefacción en toda la helada casa.
La visita de Atilio fue en junio y hacía un frío letal. Obviamente quería comer asado argentino, así que preparamos la mesa en la nueva habitación: digamos que la convertimos en loft. Creo que lo desconcertamos. Pero también él me desconcertó a mí. En la conversación que mantenía en italiano con mi marido y con un amigo, yo no participaba activamente dado que no domino esa lengua, pero, en determinado momento, por amabilidad, me preguntó a qué me dedicaba. Acababa de salir un libro mío y se lo mostré. Yo creo que Atilio lee con dificultad en español, así que no sé si comprendía bien. Lo hojeó, se demoró un rato en eso y al final me miró y con su voz algo rasposa emitió un juicio al que le he dado muchas vueltas. Me dijo: “Escribes con la lengua de tu padre”.
Me impactó quizás porque mi padre acababa de morir. Si bien ninguno de los textos del libro hacía referencia a ello ni a él, me gustó imaginar que algo de su vigor se habría filtrado en la escritura. Más tarde pensé que, en realidad, lo que había dicho era una frase de ocasión; que quizás había entendido equivocadamente uno de los textos en clave autobiográfica como referido a mi padre y, puesto que la cortesía exige decir algo, largó esa frase. Con el tiempo, se me ocurrió que podría haber sugerido una impostación de mi escritura y que, por lo tanto, el comentario era menos un halago de ocasión que una crítica velada. Nunca sabremos qué quiso decir. No le pedí precisiones en su momento, porque inmediatamente me preguntó cuál era la profesión de mi padre: le conté que no tenía una profesión, sino que había realizado muchos trabajos para vivir y que disfrutaba enormemente de inventar cosas como telescopios, pulidoras, casillas rodantes, y también de ciertas lectura a las que siempre volvía: Herodoto, Aristófanes y, curiosamente, Alexis Carrel.

La frase de Atilio Arocas ha proseguido su lento y minucioso trabajo: el texto múltiple que voy inventado no tiene nada de la lengua de mi padre, ni constituye homenaje alguno, pero sí ronda la intuición de que son múltiples las voces que resuenan en nosotros y que modulamos como si fueran propias, y que esas voces generan mundos diversos en los que podemos perdernos y también, en ocasiones, encontrarnos. Un hombre o una mujer cualquiera, en su vida más cotidiana, es una pluralidad de identidades fluidas: puede vender bulones y paladear la descripción de los jinetes escitas, por ejemplo, hasta sentir el fragor de los cascos y el frío de la estepa.