martes, 7 de marzo de 2023

Espejos


 

Esos trazos inquietos y más claros

que sobre la base gris de la roca

se reflejan no son la partitura

de una música secreta; es luz

accidental en el agua que corre.

 

Aun así, y no ignorando esto

ni que el mundo se agrieta en todos lados,

es tan perfecto el ritmo, el movimiento

que demoro un buen tiempo en convencerme:

el paisaje no sabe escribir nada.

 

A más de diez kilómetros se extienden,

por el flanco de un cerro forestado

y antiguo como el tiempo, los incendios.

Habrán sido intencionales o quizás

por el calor extremo. No se sabe.

 

Aquí, viejos árboles en silencio.

No miran desde lo alto, no son

una conciencia que nos juzgue sino

gracia, inocencia y vida… que basta:

No saben escribir, y qué elocuencia.


lunes, 20 de febrero de 2023

Azucena Salpeter da vueltas en el aire

 



“…debiéramos levantarnos temprano para leer a esta poeta”, dice María Teresa Andruetto en el breve texto de la contratapa que le dedica al libro de Azucena Salpeter, Gringa formoseña (Ediciones en Danza, 2021). Y es así, porque no hay poema que no redima algo de su experiencia particular, que en cierto modo convierte en una experiencia que podría ser de cualquiera. Por eso son poemas que contagian una especie de salud. Azucena es médica, entre otras cosas.

La celebración es una de las notas más manifiestas. Hablo pues de un tono, no de un tema o un propósito, que se caracteriza por la llaneza y la apertura de la autora al mundo “por el prado feliz de los que van a pie”; una aceptación convincente.

Si de la poesía esperamos una visión en algún grado nueva, la de Azucena se nos ofrece sin retoques, pero no ingenua; áspera, pero sonriente; amalgamado el pensamiento y el corazón -por así decir- de una vida activa que afronta y puede salvar –literalmente hacer vivir-  lo opaco y lo olvidable:

La pico de loro

 

Cuando el Ford V8 cayó en la vizcachera

la costura del tanque de nafta se abrió en dos

cayó el río

lo remendamos con chiclets adams

hasta suncho corral en santiago del estero

un pueblo

debajo de otros pueblos como todos los pueblos

que deambulan por arriba del abajo

de los cielos

el límite son granos de arroz

en el centro del sutidor esso sin manguera

alrededor las cluecas

alcanzame la pico de loro

dijo papá y se secó la frente

eso es todo

poesía

 

 

Así, cosas, individuos e individuas son cifra de una existencia única, ardiente; no símbolo hierático, sino movimiento y consunción. La poesía de Azucena impone un ritmo de lectura veloz, se agolpa, pero no tropieza, corre; manifiesta una especie de seguridad en tomar la curva o en pegar el salto propia de la juventud del cuerpo que confía en su agilidad, su tensión muscular, su fuerza, pero también sabe de su dominio.  Todo esto sin dejar explícito que hay preguntas: por ejemplo, la pregunta por qué vendría a ser escribir poesía (“Qué dice la poesía”), que amalgama los poemas de la primera parte o la pregunta por la vida/por la muerte (“La muerte no es hoy”), que reúne las composiciones de la segunda parte. Una manera de organizar el material que felizmente no queda clausurado en las categorías que sugiere el título, sino que se escapa por todos lados, y cada poema viene a desembocar, por gracia de un lenguaje carnoso que se transfigura vertiginosamente en lo que dije al principio: celebración (o sea los poemas de la tercera parte).

Transcribo para terminar tres poemas -y qué difícil es seleccionar- para que el lector VEA:

 

Escribir no es tan importante

 

Pinté a la cal el muro de mi patio

Son más o menos treinta metros

 

Algo así como un homenaje

Como decir que alguien se ocupa del sol

Porque es pura luz un muro blanco

Y quebraduras negras y negruras verdes

Igual que el planeta

 

Como todas las primaveras olvidé los guantes

Las manos arden en el muro de la muerte

 

Yo sé que no es un poema

Es una manera de vivir en la casa del poema.

 

 

Usted, no sea lacrimosa, dijo mi abuela

 

Usted

querida mía

con solo dos palomas

o flechas de papel

puede bajar al cielo

subir a la tierra

recuérdelo

no finja

usted tiene dos brazos

dos piernas

recuérdelo

lo personal es político.

 

 

Es mentira que duele

 

El alma no tiene capacidad de hígado

no sabe escribir

le gusta charlar

de faisán a faisán

el alma

es feliz con nuestras marionetas

nuestras nueces

nuestro sexo

se divierte con los dientes de leche

que guardamos en la alcancía

posa desnuda

en nuestro tallercito de proezas.

 


jueves, 29 de diciembre de 2022

Es lo que hay


 

 

Mi ojo malo ve

lo animal de las personas.

No lo creyó aquella vez primera:

temió ser justamente malo,

pero había una iguana

en la cara de la mujer del frente.

 

Mi ojo malo dice

que no puede con su genio

y me advierte Yo veo nomás. Corre

por tu cuenta el resto. Consulto

entonces con mi ojo bueno

no sin antes temer una amenaza.

 

Uno diría que mi ojo

bueno ángeles ve

o la inocencia, en estado puro.

Pero soy una mujer común

y no me ha sido dado más que un ojo

bueno para el brillo breve: ¿Alcanza?



 

martes, 20 de diciembre de 2022

Basso Continuo de Rosanna Nelly


 

El arte de lo poco

Basso continuo de Rosanna Nelly se publicó en Alción Editora (Córdoba) hace ya algunos años, en 2016. No obstante, recién hace unos días fue su presentación, de la cual tuve el placer de participar, junto con Carlos Schilling. Lo que sigue es el texto ligeramente reformulado que leí en la ocasión.

El título del poemario anticipa el tono del conjunto, que además se abre con una sección denominada “Estaciones”: uno piensa en Vivaldi, cuyo famosísimo concierto comienza con la primavera, igual que el primer poema de este libro a los que siguen otros seis. En ellos, el predominio del invierno marca una pauta de quietud y de tensa espera, que en realidad está es todos. Los poemas se concentran en esa línea melódica estructural a que hace referencia el concepto de bajo continuo en el dominio de la música. En línea con la analogía plateada, es posible entrever dos dimensiones en que se codifica la armonía en estas composiciones: una situación existencial depurada al máximo (no hay anécdota, no hay detalle, no hay la más mínima alusión a ello) o -dicho de otro modo- una manera de experimentarla para la que no hay lenguaje transparente; y en otro plano, el contrapunto, el juego de la mano derecha pulsando las notas de un mundo externo que el parámetro de ese bajo continuo admite. Bien calibrado el juego, asistimos a las modulaciones de una voz que se pliega al mundo natural, pero que -a diferencia del mencionado concierto italiano- nos presenta un paisaje separado, ahí, mudo; prolongación humana, pero no humanizado: un único otro ensimismado y … sí, de alguna forma inaccesible, en la gama de lo mustio, mientras evoluciona el año entre imágenes de negación: Leo, por ejemplo: “la noche ya no es / domesticable” (invierno). O “El aire es seco/como papel // Eclipse. / No hay dosel (verano) “Hoy no quiero estar/ con nadie. // Ni siquiera con esta voz / que mientras /camino y camino, / sobre el pasto / que astilla y rechaza / habla y habla. No es solo la inanidad del entorno; es antes bien la inmovilidad del observador; una quietud fija en un acontecer que parece ser el único anclaje de quien lo registra.

Versos cortos, oraciones escuetas puntúan la construcción de cada una de las escenas extremando la sugerencia. Progresivamente asomará la primera persona tan neta en su intemperie como neto es el desamparo de esa naturaleza frente a las inclemencias del año.

El qué dicen estos poemas lo descubrirá el lector: los poemas logran comunicar una emoción, que, como he dicho antes, el lenguaje habitual traiciona. Mal haría yo si intentase traducir ese qué a una descripción. Pero además, creo que el afán de Rosanna es buscar (y encuentra) el cómo lograrlo; y lo hace tal como afirma Victor Redondo en el Prólogo: “con sobriedad y maestría”, dos adjetivos apropiados, ya que apuntan, por un lado, a la medida de la emoción y, por otro, a la pericia, evidente en los aciertos constructivos presentes en diferentes niveles: un lenguaje preciso que hace uso de palabras de “este mundo”, palabras comunes, como nylon, como corcho, como cháchara, pero que no desdeña “oquedades” y “resplandores” y, sobre todo, los combina armoniosamente.

Ningún ribete estilizante, ningún dramatismo, ninguna pirueta intelectual en el lenguaje; sí acaso el registro del observador, cuya reflexión o valoración se desprende de la realidad que enfoca y de las imágenes por las que opta, aunque en ocasiones se expone a la afirmación lisa y llana de verdades que a la autora se le hacen patentes. Sin embargo, eso llega al final del libro. Antes, vemos, como glosaría Borges, por espejo en oscuridad; quiero decir, adivinamos ese sentido o significado que luego dirá Rosanna y que no difiere en esencia de lo que se expone en la primera parte del libro, pero que se concreta en la segunda y tercera, llamadas “Artefactos” y “Jardines”.

El tempus de los poemas es lento, demorado. En la segunda y tercera parte el mundo, se agudiza el carácter distante, desencantado y ajeno de las cosas del mundo que se desenvuelven como una película muda: una estación espacial olvidada brilla y gira; el espejo refleja su propio rostro, pero en el que ella no se reconoce; El gato de la casa “es un recuerdo sedoso en el aire” …es un ídolo de otra nación secreta; en la antigua casa “Lentas plumas / de cal / bajan leves / desde el cielo raso.  // Todo escaso, vetusto/ nevado”; una tarde en la playa de Premíá no devuelve el esplendor arcaico, sino una especie de aceptada decadencia generalizada, en la que coexiste el azul irreal y lo basto de un enorme cartel de lejía, un mar que no baña, un sol que no quema.

Hacer de la pobreza riqueza es una de las cualidades de la poesía y acaso de la inteligencia y de la voluntad que no se rinden. Me acuerdo de una escena de la película Solaris de Tarkowsky en la que se hace referencia a un invento genial que consiste en pegar tiras de papel a los ventiladores: producen en la metálica estación orbital que sobrevuela aquel lejano e imaginario planeta, una ilusión: el susurro de las hojas movidas por el viento en la tierra. “tan sencillo como genial” dice uno de los personajes. He ahí el arte de lo poco. De manera similar, la “industria” de estos poemas se nutre de despojo. En sus pausas se oye la voluntad, que de alguna manera -callada pero elocuente- dice que no claudica y amasa flores de pétalos oscuros.

Dos idiomas convergen en este libro, porque Rosanna incluye la versión en catalán de la totalidad de los poemas de la primera parte: en realidad no sabría cuál es el lenguaje de partida supongo que es el español, por ser su lengua madre. No importa. Más significativa me parece la pregunta de por qué traducir la propia producción a otra lengua. Descarto la preeminencia de una razón práctica: que se publique o haya publicado también en Catalunia. Pienso más bien que el hecho delata al placer del artífice que trabaja con las palabras, un placer que tiene que ver con sumergirse en el rumor del lenguaje y el ejercicio metódico del oficio poético, que tan bien se templa y manifiesta en la tarea de traducción. Creo hallar aquí un dato no menor de la búsqueda de Rosanna en el campo de la poesía, directamente vinculado con el equilibrio de la expresión, con la precisión de las imágenes y con una dicción que le es fiel.

 

 

Planta

 

 

Pujando

su secreta existencia silenciosa,

pulpa verde

afelpada de plata.

 

No se ajetrea

y no le inquieta

la vida ajena,

o la propia.

 

Las estrellas giran

según su propio rumbo,

y asimismo,

la tierra.

 

Luz y sombra.

 

No reclama ni sueña.

Agua,

sol,

mundo,

 y si no, muerte.

 

Cualquier don.

 

Un día no estará

y la mañana

será

infinitesimalmente

diversa.

 

Algo de frío,

una oquedad,

y un reverbero

que la trama,

tal vez,

o no,

reparará.

 


martes, 29 de noviembre de 2022

Síntesis en la desmesura. Una observación sobre la poesía de Gonzalo Rojas


Ética y desmesura parecieran términos difíciles de conjugar. No obstante, e incluso aunque Gonzalo Rojas haya tomado distancia del grupo surrealista “La Mandrágora” por considerar que su producción estaba viciada de una técnica sin experiencia, es el lenguaje del surrealismo el que resuena en clave personal. Esta, se instala en el espacio rupturista de la Vanguardia. Hablar de Vanguardia implica, no obstante, mentar un abanico de experimentación extremadamente amplio. Rojas traza sus coordenadas a través de ciertas figuras locales, del ámbito chileno, latinoamericano y europeo. Vallejo, Huidobro y Darío, considerados los grandes maestros configuran una tríada casi modélica que da cuenta del logro de la búsqueda fiel de un lenguaje poético personal de calidad excepcional, más allá del hecho ocasional de su fama. “Desmesura contra impostura” es la breve sentencia que dedica a De Rokha en una elegía incluida en El alumbrado (186). “De él venimos”, afirma trazando su genealogía, por el hilo que vincula la poesía con el “furor lúcido”. De este modo, el texto de Rojas traza una línea de continuidad con ese pasado. Puede inferirse, entonces, que se constituye como memoria, una que actualiza en un sentido definido los contenidos que el poeta considera en materia poética como los más auténticos. Una poesía (o un arte) arraigado en la vida, lanzado a la conquista riesgosa, vertiginosa, de intensidades que, en su caso particular, se concentra en la experiencia de un eros místico

 

Ritmar

 

Estableciendo una secreta complicidad, Rojas se recrea en un juego verbal con la tradición lírica en un nivel de construcción poética que de manera indirecta y sugestiva apela no principalmente al contenido sino a la forma. Nos referimos al nivel fónico de las composiciones, a la musicalidad de sus poemas. En tal sentido, el estilo métrico de la poesía castellana del barroco, en especial de Quevedo y de la poesía mística de San Juan, junto con procedimientos rítmicos provenientes de algunos poetas de la primera vanguardia latinoamericana aparecen como insumos constructivos del lenguaje poético del autor, que da como resultado una peculiar síntesis en su dicción.

La relación entre palabra y música constituye uno de los fundamentos de la poesía del poeta chileno, que ha tratado en múltiples ocasiones sobre el tema, relacionando el ritmo de sus poemas con el de su respiración de asmático, entrecortada; en términos musicales, podríamos decir “sincopada”, lo cual sugiere no sólo una sonoridad novedosa y singularmente propia, sino también indisociablemente unida al cuerpo. Es el cuerpo, con sus defectos, con sus rengueras, con sus imperfecciones (entre ellas, la de caducar), pero también con su exuberancia, el que canta. Hablar en la poesía de “canto” implica situarse en el espacio de lo lírico. El desafío de Rojas ha sido el de reinventar lo lírico en clave significativamente actual y propia. Difícil tarea para quien se ubica en ese espacio ocupado previamente por Darío, Huidobro, Vallejo y contemporáneamente por Neruda y Paz. Al respecto de tales antecedentes de la poesía latinoamericana, Rojas combina la seca y disruptiva clave de una vanguardia en la que se decantan materiales de índole conceptual y epigramático (“…tiene bien aprendido sus clásicos, algo de su nervio proviene de Quevedo y de la relectura de Quevedo que se cumple en la voz de César Vallejo” afirma Eugenio Montejo junto con Marcelo Caddou) con la clave armónica de la tradición mística. Parquedad y exuberancia han sido dos notas que según Guillermo Sucre lo definen: a grandes masas sonoras se oponen entonces textos muy breves y descarnados: de estas repentinas transiciones surge en su obra una impresión de vértigo extático”.

La particularidad compositiva de Rojas consiste en exhibir el parentesco a través de un tipo de dialogo que se cumple a nivel de la “partitura” que dicho texto constituye. Así la sonoridad de algunos de sus poemas afinan en la clave de las tradiciones antes mencionadas. Veamos por ejemplo el poema “Oscuridad hermosa” del libro Contra la muerte de 1964.

 

Anoche te he tocado y te he sentido

sin que mi mano huyera más allá de mi mano,

sin que mi cuerpo oyera, ni mi oído:

de un modo casi humano

te he sentido.

 

Palpitante,

no sé si como sangre o como nube

errante,

por mi casa, en puntillas, oscuridad que sube,

oscuridad que baja, corriste, centelleante.

 

Corriste por mi casa de madera

sus ventanas abriste

y te sentí latir la noche entera,

hija de los abismos, silenciosa,

guerrera, tan terrible, tan hermosa

que todo cuanto existe,

para mí, sin tu llama, no existiera.

 

El último verso del poema brinda la inequívoca pauta de la presencia de San Juan en este poema. Corona una composición donde los motivos de la oscuridad, de la huida y de la búsqueda son los propios del carmelita en el Cántico espiritual. Sin embargo, si el “lirismo integrador” (Guillén, 96) de San Juan que reúne la poesía bíblica a la profana de modo tal que el coloquio amoroso entre amante y amada expresa una experiencia mística de unión del alma y Cristo, en el caso de Rojas se invierte la ecuación y la fórmula mística sirve a la expresión de la oscura intuición de la poesía. El poema está cuidadosamente trabajado a la manera de San Juan, aunque no constituye una imitación en todos los términos, antes bien, una especie de glosa de su musicalidad. Asimismo, la composición de tres momentos, coincidente cada uno con cada estrofa, asegura y afirma su aspecto clásico. Adviértase cómo ellas se construyen como sendas unidades de sentido, gracias a la amplitud sintáctica de cada oración que se extiende todo a lo largo de la estrofa. La primera hace referencia a la percepción del yo lírico, la segunda tiene como sujeto a la “oscuridad hermosa”; la tercera es una síntesis de lo objetivo y de lo subjetivo, del yo lírico y del “Tú” al que está dirigida la composición. Como en el Cántico, la musicalidad descansa también en otros similares procedimientos: anáforas retóricas como la repetición de “te he sentido” (vv. 1 y 5), paralelismos sintácticos que refuerzan un movimiento de deriva, oscilatorio, (“oscuridad que sube/oscuridad que baja…vv. 9 y 10), la leve aliteración sibilante que recorre toda la composición. El poeta chileno, expande y concentra, procedimiento que se advierte sobre todo en el diseño de los versos de la segunda estrofa (“…Palpitante, / no sé si como sangre o como nube / errante), donde se destaca el abrupto encabalgamiento del v. 11 en el 12, único de este tipo y en el centro justo del poema.

La conjunción que se produce en el texto de Rojas es la de dos lenguajes, cuyos sistemas conceptuales asocia y ritma a través de la musicalidad de sus composiciones, también mixta o híbrida: junto con la cadencia de la poesía mística del barroco, el versolibrismo propio de la vanguardia, lo cual se advierte en el siguiente tramo del poema “La palabra placer” (Del relámpago, 174), en el que inserta al final de  un composición cuyo ritmo se trabaja sobre la base de la ruptura impuesta por encabalgamientos abruptos, asociados a la acumulación y a la yuxtaposición, una cita directa de San Juan, que remansa la dicción arrolladora mantenida como símil sonoro de un flujo, de una corriente de sensaciones, cara al estilo del surrealismo y su tematización del erotismo:

 

“...De él somos, del

mísero dos partido

en dos somos, del

báratro, corrupción y

y lozanía y

clítoris y éxtasis, ángeles

y muslos convulsos: todavía

anda suelto todo, ¿qué

nos iban a enfriar por eso los tigres

desbocados de anoche? Placer

y más placer. Olfato, lo

primero el olfato de la hermosura, alta

y esbelta rosa de sangre, a cuya vertiente vine, no

importa el aceite de la locura:

                                             -Vuélvete paloma,

que el ciervo vulnerado

por el otero asoma.”


jueves, 6 de octubre de 2022

La Internación - Pablo Seguí

Barnacle, 2022

 

“Albergo (…) a mi enemigo”.

“Habito con mi padre”.

“Reprimo (…) la pulsión asesina”.

Los primeros poemas de La internación, tienen esos comienzos netos, verbos en primera persona. Frases cortas, precisas. Pregunta: “¿Qué es la mente?”. Hipotetiza:

 

“Si las cosas, iguales

a sí mismas y a todas

las demás, no me engullen,

no me reducen a

un rincón, su negrura,

es que aún no he caído

del todo. Diferente

de la mesa y el vaso

y el cenicero, aún lucho

por no ser mundo, quiero

no confundirme aún

con la materia crasa.

 

Solo quien ha sentido que podría reducirse a ser tan indiferente como las cosas puede escribir un poema así de ajustado como este, casi objetivo. La internación es el libro de Pablo que se “especializa” en sus propios conflictos y se “espacializa” en el interior de sí mismo: caverna, cueva, silencio, cubo.  Especie de indagación poética que se resuelve a construir con lo que hay. Especie de obstinación. Hay que decir que la testarudez da sus frutos y que ellos no son un quejido insoportable, sino en la mayoría de los casos, como la presión justa de un dedo que hace hablar a un nervio.

El libro lleva un título muy apropiado. Salió de la pandemia y algo tendrá que ver esa circunstancia, pero creo que más hace referencia al proceso de adentrarse en una dimensión casi del todo desgajada de su entorno: una voz que pende como un hilo.

No sé si me convence la foto de Pound (a Pablo le encanta…y sí, es linda), para la tapa. Creo que introduce algo completamente extemporáneo: claro, la hermosa dedicatoria a Bernardo Schiavetta concluye con “il miglior  fabbro”. Eso hace juego.

 

Mi enemigo

 

Albergo en las entrañas

a mi enemigo. Come

todo lo que le sirvo

y no se sacia nunca.

No está en calma mi mente

sino que es una cueva

en la que ese gigante

masca mi pesadilla.

Quiere más, quiere más.

A veces un mendrugo,

otras veces un pueblo

entero. Yo lo trato

de siempre. Es mi señor.

 

 

Bécquer

 

En un blanco cubículo

estoy y el universo

Se desagarra girando

indiferentemente.

Son dos cosas distintas

al parecer. (Son nombres

que se alternan en esta

página pretenciosa

que pronto olvidaré.)

Mi casa se reanuda

cuando despierto. El cosmos

es un himno gigante

que no conduce a nada.

 

 

Madrugada

 

Se representa el perro,

Al soñar, que se mueve

 

y, en efecto, se agita

de a ratos en su cucha.

 

Nada sabe de mí

de mi estar observándolo.

 

¿Sueña conmigo? Nunca

lo sabré. Cuando duerma

 

quizás se acerque a verme…

Pero cómo enterarme.

 

(Cómo duerme mi perro.

Cómo prosigo en vela.)

 

 

El oído absoluto

 

Cruje con regular

constancia mi heladera.

Es una ley severa

la de su rechinar.

 

Mientras esté enchufada

hará con su instrumento

una cadencia ciento

por ciento secundada

 

por mi insomnio. Así leo:

miro lo que no veo

y canto un son que mucho

 

me dice de la noche

en que pasa algún coche

al que apenas escucho.