sábado, 18 de febrero de 2017

No se veía una nube un alma






Pasa para siempre esa mujer
que cruza nadando la bahía.
El mar está calmo, azul el cielo
y ella no sabe que va a morir
a dentelladas en este día,
y nadie sabe, e intercambiamos
un saludo con la mano en alto
hace apenas un instante. No
se veía una nube, un alma.


viernes, 10 de febrero de 2017

Releyendo Borges (el de Bioy y el de Mastronardi)



"Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo..."

Mastronardi relata en Borges, (2007, Buenos Aires, Academia Argentina de Letras) que este:

 “…para medir el nivel de su interlocutor y situar la conversación en un ámbito adecuado a las circunstacias, suele practicar pequeñas experiencias indagatorias. En esos momentos, procede como quien lanza una sonda a la ignorada profundidad del mar. De manera discreta, deja dos o tres preguntas que son otros tantos test. Pero esas preguntas suponen o arrastran consigo juicios voluntariamente erróneos: propone una equivocación y se mantiene a la expectativa para saber si quien dialoga con él es capaz de advertirla. Inicia estas mínimas exploraciones con gran naturalidad, aparentemente llevado por los vaivenes y azares de la desprevenida charla. Raras veces su interlocutor percibe que lo someten a una prueba y en no pocas ocasiones queda perplejo o, simplemente, cae en la emboscada de que no pudo salvarlo su precaria versación. Su propia ignorancia, no Borges, lo coloca en este trance. Por lo demás, nunca es objeto de reconvención ni de censura, ya que no se trata de confundirlo sino de conocerlo. La conversación corre pues como si nada ocurriera. Se habla de grandes navegantes, tanto históricos como legendarios, y alguien menciona a Palinuro.
                   Ah, sí… -dice Borges- el piloto de Ulises.
Y calla en espera de la respuesta.
Pasa con algunos amigos por una calle próxima al ruinoso Mercado de Abasto, y al ver una larga fila de carros, -los camiones no abundan todavía- comenta festivamente.
                   ¡Cuánto Atila!
Y queda expectante para apreciar la mayo o menor receptividad del otro. Nos hallamos ante un juego que asume las más diversas formas. Cierta vez transmite esta noticia a un aficionado a las letras clásicas:
Parece que en un monasterio alemás descubrieron la preciosa y buscada Antología de sonetos latinos.
El destinatario de esta información habría contestado:
                   ¡Qué interesante! ¡Ojalá se traduzca al castellano!
Cierta noche se habla de muelles, puentes y acueductos antiguos. La conversación abunda en lugares famosos: Megara, Samos, Mileto, Agrigento. Asimismo, se menciona al remoto arquitecto Eupalinos, lo que permite a Borges afirmar que la inventiva de este hombre se debe, quizás, a la construcción del laberinto de Creta. Experto en “atribuciones erróneas”, también deja entender ante un interlocutor con prestigio de erudito, que Hecateo fue el cantor de las guerras púnicas. Cuando formula esta proposiciones adopta un tono meditativo, como si no pidiera otra cosa que claridad y certeza…”

Por su parte en la entrada del martes, 13 de diciembre de 1977 de los diarios de Bioy (Borges, 2006, ed. Destino, Buenos Aires) se registra que Borges habla de sus amigos y que dice de Mastronardi:

“una estratagema de Mastronardi consistía en pasarse unos días estudiando a fondo un tema y después, como por casualidad, empezar a preguntarle a uno: “Vos no creés que…” o: ¿Cómo fue lo de…?. Examinaba a sus amigos, había algo de mezquino en Mastronardi. María Esther [Vázquez] sabe que dejó un libro para que se publique cincuenta años después de su muerte. Ahí se acordará de todos nosotros. Creo que murió en el asilo de ancianos de la Recoleta”.

Para no caer en el lugar común de “el otro, el mismo”, podemos pensar que Borges ya ha olvidado que era él quién hacia esos juegos o bien, que Mastronardi le atribuye a Borges algo que a él le gustaba hacer. Cualquiera puede falsear o sufrir que el tiempo falsee los recuerdos.
Lo que particularmente me llama la atención es la disparidad en el afecto que trasluce uno y otro comentario. El perfil de Borges que bosqueja Mastronardi en sus notas es cordial. Lo admira serenamente y lo aprecia: lo presenta sobrio, bondadoso, caballero, lúcido; capaz de una originalidad magistral al mismo tiempo que sensible a otras personas cuya vida e intereses están muy distantes de los círculos en los que habitualmente se movía. Cuando cita textualmente alguna bufonada, ironía o juicio adverso de Borges hacia los otros, lo enmarca de modo tal que pule las aristas belicosas: “…festivamente, Borges, acotó”…
En cambio Borges habla aquí mal de Mastronardi, las dos anécdotas iniciales que refiere terminan con el juicio “había algo de mezquino en Mastronardi” y cierra con el desafectado comentario referido a su muerte.
Es raro, pienso. Uno lee lo que en 1975 dijo Borges sobre su compañero de caminatas e interlocutor literario, a quien llama “amigo” y encuentra un tono completamente diferente: “Yo siempre lo he sentido muy cerca. Quizás nunca lo sentí más cerca que durante mis años de Texas en New England. Ahí lo sentía muy cerca a Mastronardi, y siempre lo he sentido; y en este momento en que no sé si está cerca físicamente o no, sigo sintiéndolo”.
So objetará que uno puede ser amigo de alguien a quien considera mezquino. Es cierto. Pero lo que no suena no son las palabras, sino el tono. Y el tono desafectado es el que surge del diario de Bioy. Es Bioy el intérprete de la partitura, el que pulsa (si no es que termina alterando) lo que Borges pudo haber dicho. La música que suena a lo largo de todo el libro de Bioy es una música fría y desapasionada en la recolección de dichos, ironías, juicios sobre amigos, familiares, personajes del mundo de la cultura, la política y la sociedad. Todos suenan mayormente criticones e irónicamente despectivos. En la balanza, las apreciaciones positivas pesan mucho menos que las negativas. Allí es donde pone el énfasis o, en todo caso, hay un registro que se complace en dar un espacio importante a este aspecto. Nos presenta las relaciones de Borges distantes, en algunas ocasiones hasta groseras; y si bien uno puede imaginar que en cualquier vida hay esos tonos grises que se expresan justamente en la intimidad o en la cotidianeidad, lo que me llama la atención es la insistencia. Borges en la versión de Bioy es un triste egoísta.
Tenemos pues dos libros titulados Borges, cada uno escrito por un amigo muy próximo, libros que a su modo retratan al hombre que fue Borges. Fatalmente, lo que a mi juicio resulta retratado son sus respectivos autores.


viernes, 13 de enero de 2017

Bosque




Respiraba tanto
que el aroma del monte de eucaliptos
encendía dentro
poco a poco hasta el último alvéolo.
Hundía los pies
en el colchón de hojas y de ramas.
Oía crujir
las sedientas palabras del idioma
cayendo en un hueco
fresco que antes fuera pensamiento.






jueves, 5 de enero de 2017

Fragmentos de una serie



IX


En el auto escucho al escritor
de turno, que educó la voz para
la radio, un consejo modulado
en FM: hay que leer
solo o con otros y cada noche
contarle un cuento a un niño que nunca
olvidará. Como él, que por eso
acierta en la lengua de la tribu.


martes, 27 de diciembre de 2016

Siete casas vacías de Samanta Schweblin (Páginas de Espuma, Madrid, 2015)



“Estoy desnuda bajo la bata”

Se ha destacado que la escritura de Samanta Schweblin genera en el lector un estado de inquietud particular. Es así. La experiencia de la lectura de Siete casas vacías, lo ratifica. El libro, premiado en 2015 incorpora el primer cuento que leí de la autora, en internet, hace unos tres años y con el que probé el sabor de su narrativa: “Un hombre sin suerte”,  también distinguido previamente con el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo (2012).
No es sencillo especificar qué veta original cava la autora, pero se advierte casi inmediatamente. Para empezar el tiempo de la narración te instala desde el comienzo “in media res”. Lo que leemos (al menos en cinco de los siete cuentos) está sucediendo, el narrador protagonista es tan espectador como el lector, no sabe cómo va a terminar eso que pasa y no lo comprende del todo. Hay algo que no encaja. Por ejemplo, Javier, en “Mis padres y mis hijos”, está sumamente incómodo, porque sus padres juegan desnudos con una manguera, tras los ventanales de la casa de vacaciones que alquiló su ex mujer con su nueva pareja. La narración progresa, pero siempre está ese doble registro, ese doble plano, y no coincide lo que sucede y lo que debería suceder y, por supuesto, tampoco coincide lo de fuera con lo de dentro, es decir, lo que pasa con lo que se piensa y siente respecto de ello. Hay un desplazamiento leve de los hechos que genera algo extra-ordinario. Extra-ordinario pero no sobrenatural. Esa es exactamente la veta: poner en evidencia el desajuste que por ahí se produce en la realidad. Es una cuestión de ritmo, eso primario, elemental que aparece asociado a otra elementariedad que son los vínculos: padres/hijos; esposo/esposa, suegra/nuera que de pronto se desnaturalizan, se vuelven extraños y distantes, permitiendo que el personaje (y el lector) difiera de lo que sucede, tome una mínima distancia que pone en cuestión lo dado.
 La incomodidad, esa sensación de no caber en el molde, de no estar donde se debe estar ni como se debe estar, es el inicio de los relatos. Es una incomodidad que se ubica en la zona en que lo individual se solapa con lo social, con sus significados y lógicas irrefutables. Por eso la metáfora de la desnudez aparece una y otra vez: personajes desnudos si están locos, o desnudos bajo la bata si no lo están del todo. No es casual que esas lógicas sean transgredidas en estos relatos por niños o dementes ajenos a la pauta social, o por un impuldo inexplicable. El lector teme lo mismo que oscuramente el personaje: que la transgresión tenga sus consecuencias imprevisibles, que la normalidad se desbarate, que sobrevenga algo trágico. Pero eso no sucede. Schweblin nos mete de lleno, pero también se detiene en seco, de modo que la efectividad del relato está en la tensión entre la sorpresa inicial -ese desarreglo inquietante- y un final abierto. No sabemos exactamente qué pasará después de que la narradora ponga el último punto, aunque quizás sí, pero preferiríamos ignorarlo.




sábado, 29 de octubre de 2016

Explicación de un poema

                                             Para mí el soplo del céfiro
                                                                                                   Safo


La imaginé en un punto de equilibrio,
suspendida entre lo que viene antes
y lo que va después
 -o la marea y su reflujo
o un silencio de blanca donde anidan
dos tiempos que se anulan.
Sola contra el cielo e integrada
de algún modo al movimiento,
a la respiración del cuadro y recibiendo
la completa convicción de un solo
verso exacto y perdurable. 



domingo, 16 de octubre de 2016

Disfraces de Carlos Schilling


     En Disfrazado de Novia, se puede percibir el caso de un narrador que disfruta de imaginar, alguien que despega siguiendo el curso de una idea paradójica, un poco como quien se aventura y explora y sabe que también se siguen consecuencias de lo aparentemente absurdo.
    “Son relatos, no cuentos” nos advirtió el jueves, en la presentación del libro, atribuyendo a los primeros la posibilidad de carecer de una estructura cerrada, que estima propia de los segundos.
Más allá del hecho de si es tan así, en esta representación de la forma hay un indicio de lo que digo. Con la imaginación se divierte: dispone en la superficie de la situación narrativa un elemento levemente absurdo y la realidad circundante se reorganiza como en un proceso homeostático. Lo que ocurren son entonces mutaciones, que en el caso de la escritura de Schilling se expresan mayormente en imágenes visuales que enfatizan, bordeando la caricatura y la deformación levemente grotesca, la apreciación irónica del conjunto.

    El peso o la proporción del distanciamiento de esta propuesta hace que los emplazamientos espaciales de las historias sean superfluos. Por ejemplo, no ayuda a aglutinar el relato “El rey del Ping Pong” ni aporta verosimilitud (tampoco le resta) el hecho de qur suceda en parte en Mayu Sumaj. No importa, porque lo que copa el escenario imaginativo del lector es ese personaje del padre como incógnita del hijo. La relevancia posible del dato Mayu Sumaj podría radicar en que fuese otra de las inscripciones autobiográficas que pueblan estas páginas, lo que me hace acordar a un poeta muy famoso que afirmaba  “yo escribo para que mis amigos me quieran más”.  No sé si Schilling escribe para tal fin, pero pienso que esos detalles son guiños a los íntimos, y que en ellos se pone en evidencia que la escritura tal como él la practica  no abandona el horizonte delimitado por un círculo humano, frente al cual el autor no es solamente la figura artificial del narrador; es Carlos Schilling compartiendo su experiencia y el gusto de narrar.