Los que vamos a morir, en octubre
planeamos vacaciones de verano,
buscamos destinos, ofertas, precios,
calculamos el monto de las cuotas
a pagar más adelante, y así
empezamos a gozar nuestros diez
días futuros con el cuerpo al sol.
no está ni bien ni mal: nos arreglamos.
Una tarde de esas, caminando
por un sendero que quizás nunca
más se vuelva a transitar, cansados
de no hacer nada más que conocer
lugares de belleza prestigiada,
nos sorprende un ángulo de las cosas
o un tono de la tarde, un silencio
tan breve que la foto no captará.
Después, quién sabe, comentado a solas
con mi alma que suele acodarse en
la ventana cuando comienza el día,
recordaré, y nos parecerán
doradas las pieles, inmóvil la ola,
a punto de decir algo los juncos.
“Valió la pena viajar tantas horas
con los chicos”, le diré. Y ella: “claro”.