viernes, 13 de enero de 2017

Bosque




Respiraba tanto
que el aroma del monte de eucaliptos
encendía dentro
poco a poco hasta el último alvéolo.
Hundía los pies
en el colchón de hojas y de ramas.
Oía crujir
las sedientas palabras del idioma
cayendo en un hueco
fresco que antes fuera pensamiento.






jueves, 5 de enero de 2017

Fragmentos de una serie



IX


En el auto escucho al escritor
de turno, que educó la voz para
la radio, un consejo modulado
en FM: hay que leer
solo o con otros y cada noche
contarle un cuento a un niño que nunca
olvidará. Como él, que por eso
acierta en la lengua de la tribu.


martes, 27 de diciembre de 2016

Siete casas vacías de Samanta Schweblin (Páginas de Espuma, Madrid, 2015)



“Estoy desnuda bajo la bata”

Se ha destacado que la escritura de Samanta Schweblin genera en el lector un estado de inquietud particular. Es así. La experiencia de la lectura de Siete casas vacías, lo ratifica. El libro, premiado en 2015 incorpora el primer cuento que leí de la autora, en internet, hace unos tres años y con el que probé el sabor de su narrativa: “Un hombre sin suerte”,  también distinguido previamente con el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo (2012).
No es sencillo especificar qué veta original cava la autora, pero se advierte casi inmediatamente. Para empezar el tiempo de la narración te instala desde el comienzo “in media res”. Lo que leemos (al menos en cinco de los siete cuentos) está sucediendo, el narrador protagonista es tan espectador como el lector, no sabe cómo va a terminar eso que pasa y no lo comprende del todo. Hay algo que no encaja. Por ejemplo, Javier, en “Mis padres y mis hijos”, está sumamente incómodo, porque sus padres juegan desnudos con una manguera, tras los ventanales de la casa de vacaciones que alquiló su ex mujer con su nueva pareja. La narración progresa, pero siempre está ese doble registro, ese doble plano, y no coincide lo que sucede y lo que debería suceder y, por supuesto, tampoco coincide lo de fuera con lo de dentro, es decir, lo que pasa con lo que se piensa y siente respecto de ello. Hay un desplazamiento leve de los hechos que genera algo extra-ordinario. Extra-ordinario pero no sobrenatural. Esa es exactamente la veta: poner en evidencia el desajuste que por ahí se produce en la realidad. Es una cuestión de ritmo, eso primario, elemental que aparece asociado a otra elementariedad que son los vínculos: padres/hijos; esposo/esposa, suegra/nuera que de pronto se desnaturalizan, se vuelven extraños y distantes, permitiendo que el personaje (y el lector) difiera de lo que sucede, tome una mínima distancia que pone en cuestión lo dado.
 La incomodidad, esa sensación de no caber en el molde, de no estar donde se debe estar ni como se debe estar, es el inicio de los relatos. Es una incomodidad que se ubica en la zona en que lo individual se solapa con lo social, con sus significados y lógicas irrefutables. Por eso la metáfora de la desnudez aparece una y otra vez: personajes desnudos si están locos, o desnudos bajo la bata si no lo están del todo. No es casual que esas lógicas sean transgredidas en estos relatos por niños o dementes ajenos a la pauta social, o por un impuldo inexplicable. El lector teme lo mismo que oscuramente el personaje: que la transgresión tenga sus consecuencias imprevisibles, que la normalidad se desbarate, que sobrevenga algo trágico. Pero eso no sucede. Schweblin nos mete de lleno, pero también se detiene en seco, de modo que la efectividad del relato está en la tensión entre la sorpresa inicial -ese desarreglo inquietante- y un final abierto. No sabemos exactamente qué pasará después de que la narradora ponga el último punto, aunque quizás sí, pero preferiríamos ignorarlo.




sábado, 29 de octubre de 2016

Explicación de un poema

                                             Para mí el soplo del céfiro
                                                                                                   Safo


La imaginé en un punto de equilibrio,
suspendida entre lo que viene antes
y lo que va después
 -o la marea y su reflujo
o un silencio de blanca donde anidan
dos tiempos que se anulan.
Sola contra el cielo e integrada
de algún modo al movimiento,
a la respiración del cuadro y recibiendo
la completa convicción de un solo
verso exacto y perdurable. 



domingo, 16 de octubre de 2016

Disfraces de Carlos Schilling


     En Disfrazado de Novia, se puede percibir el caso de un narrador que disfruta de imaginar, alguien que despega siguiendo el curso de una idea paradójica, un poco como quien se aventura y explora y sabe que también se siguen consecuencias de lo aparentemente absurdo.
    “Son relatos, no cuentos” nos advirtió el jueves, en la presentación del libro, atribuyendo a los primeros la posibilidad de carecer de una estructura cerrada, que estima propia de los segundos.
Más allá del hecho de si es tan así, en esta representación de la forma hay un indicio de lo que digo. Con la imaginación se divierte: dispone en la superficie de la situación narrativa un elemento levemente absurdo y la realidad circundante se reorganiza como en un proceso homeostático. Lo que ocurren son entonces mutaciones, que en el caso de la escritura de Schilling se expresan mayormente en imágenes visuales que enfatizan, bordeando la caricatura y la deformación levemente grotesca, la apreciación irónica del conjunto.

    El peso o la proporción del distanciamiento de esta propuesta hace que los emplazamientos espaciales de las historias sean superfluos. Por ejemplo, no ayuda a aglutinar el relato “El rey del Ping Pong” ni aporta verosimilitud (tampoco le resta) el hecho de qur suceda en parte en Mayu Sumaj. No importa, porque lo que copa el escenario imaginativo del lector es ese personaje del padre como incógnita del hijo. La relevancia posible del dato Mayu Sumaj podría radicar en que fuese otra de las inscripciones autobiográficas que pueblan estas páginas, lo que me hace acordar a un poeta muy famoso que afirmaba  “yo escribo para que mis amigos me quieran más”.  No sé si Schilling escribe para tal fin, pero pienso que esos detalles son guiños a los íntimos, y que en ellos se pone en evidencia que la escritura tal como él la practica  no abandona el horizonte delimitado por un círculo humano, frente al cual el autor no es solamente la figura artificial del narrador; es Carlos Schilling compartiendo su experiencia y el gusto de narrar.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Fin de una semana laborable



A eso que borbota -olores ácidos
y movimientos húmedos-, el magma
en miniatura de una porción de tierra
cuando llueve y el agua despabila
y lustra el sinuoso marrón
de las lombrices; a este rincón
en donde crecen  sombra y pino,
se va a veces en estados que mutan
hacia lo simple: de cuerpo a tejido
de célula a molécula de sueño.
Se viaja unos quince metros, se acerca
el puro ver, el solo ojo. Constata
el turbio movimiento de la vida
y se olvida de sí porque se cierra
su párpado, vencido de cansancio.


sábado, 30 de julio de 2016

Poemas de Javier Foguet




Javier Foguet nació en San Miguel de Tucumán en 1977. Ha publicado La tumba de los viajes (2006) y El humor de la luz (2009). Integra la antología 53/70. Poesía argentina del s. XXI. Los poemas que transcribimos son inéditos.


Rise and Shine

Luz que has comenzado a romper
no eres bastante
para descubrir el interior de los árboles
y por eso te apreciamos, porque como nosotros
eres débil
y más fuerte que tú misma.


Canción de cuna

Antes de dormir, mi padre sacaba el auto
para templarlo
contra las madrugadas heladas.
Hago la música
de ir tumbado atrás
mirando los riscos de los árboles y,
cada dos segundos,
el goteo del alumbrado sobre mis ojos:
“tierra, sé que continúas
mientras nosotros dormimos
tu extrañeza no tiene fin…”
           
11

Bajamos la escalera
hasta el río. Buscábamos
un perfume que era
el de la enredadera
azul cuando ha llovido.
Pero no lo sabíamos.


Cartolina

Reciba, madre mía, esta relación,
mi diseño del pico y el cráneo
de los pelícanos
que comen de las olas
metálicas al sol, gruesas como caldo:
acéptela y no pregunte por mis uñas…
Días enteros estuvo la tribu
flotando contra las rocas
a la espera de una agitación del mar…
Hasta que la vena llegó hoy:
hilera tras hilera de material
que va a detonar en una playa.
Las olas se espigaban
en dirección al sol,
aunque esto es cierto
toda vez que bajamos tarde
el camino de las hamacas.
(De mañana tienen la turbidez
-la niebla de un pez-
de la base del mar.)
Yo sin embargo, donde las olas concluyen
pienso dejarme
flotar, bajar en el puerto
a comprar frutas
o a esperar la tormenta
que unas brisas anunciaron:
las brisas sin sonido
son las olas sin sonido
de la atmósfera.
Mire desde aquí el mar,
tanto más lejano, inmóvil y pacífico.

Como si nada estuviera escrito.